6.10.10

Historia de un tropiezo

El diario comienza aqui. Después de varios meses de transitar meetic, haber visitado perfiles, chateado, mantenido correspondencia y haber concertado algunas citas.

Comenzó el día en que, absombrada por la incomprensible realidad que estaba viviendo, decidí escribir para poder pensar sobre aquello que escapaba a mi entendimiento. 

Así escribí la "Historia de un tropiezo"


1er escalón: El encuentro 
      o cómo no advertí la primera piedra.

Cuando recibí su correo pensé que podía ser el comienzo de una divertida amistad. Se trataba de recorrer en compañía aquella ciudad desconocida en la que, por razones de trabajo, tenía que pasar tres días. Varios mails fueron suficientes para acordar el momento del encuentro. Lo fijamos en torno a una comida de viernes a mediodía.  

Minutos antes de que el tren llegara a la estación de destino, cuando casi se divisaba el andén, me sorprendió una voz divertida al otro lado del teléfono. Quería escucharme. Ciertamente la voz da muchas pistas sobre las personas (algunas engañosas).

Entre risas y anécdotas fuimos aumentando las ganas de conocernos y decidimos no esperar 2 días para ello. Así lo hicimos.

La primera sensación de extrañeza la tuve al verlo. 10 años no pasan en vano por los cuerpos de la gente. Las arrugas de su rostro, todavía atractivo y bien conservado, y las manchas en la piel, eran un mensaje claro de que no eran 50 sino 60, los años que le estaban rondando.  Sin embargo, no dije nada. No deseaba que se sintiera mal por descubrirlo en su engaño, y al fin y al cabo… ¡que importaba la edad para una amistad! Tampoco me detuve a pensar el significado que podía tener el hecho de ocultarla.

La velada fue agradable, la conversación amena… los tragos, largos. Y otro acuerdo: mañana, cenamos.

Una “cena romántica” podía ser un hermoso colofón a esos tres días que no solo habían sido días de trabajo. Sus llamadas hacían pensar que aquella cena iba a ser meticulosamente diseñada.

Despedida. Papel mache sobre madera.
Sin embargo, vómitos y cansancio fueron los argumentos y el escenario en que finalmente se presentó, no la cena, sino el plantón.  “Te va a parecer una excusa, dijo, pero no lo es, me siento fatal”. Al escuchar esas palabras recordé inmediatamente a Freud y su tan traída y llevada “denegación”.Si alguien dice que algo no es una excusa – diría Freud- eso es exactamente lo que es”. 

No obstante, decidí ser una buena anti-freudiana y pensar, confiada, que sus palabras no mentían.  Estoicamente cambié de planes, y sin cambiar de vestido, salí con una amiga. A rey muerto, reina puesta!

2º escalón: Entreacto, o cómo el avestruz, al esconder la cabeza, deja el culo fuera

Mi historia familiar no estaba precisamente plagada de enseñanzas de buenos modales, pero la vida es una escuela en la que se pueden aprender las principales reglas de cortesía.  Así que al día siguiente, antes de iniciar el viaje de regreso, le escribí un mensaje de despedida, agradeciendo su atención y deseando que se encontrara recuperado de su malestar estomacal.  

La vuelta a la rutina y las actividades cotidianas hicieron que durante los días que siguieron, su recuerdo permaneciera en el olvido. Hubo una contestación escrita a aquel mensaje. Después, tras una semana, le envié un saludo. Esta vez, el contestó con una llamada. Y luego otra, y otra, y otra. Le gustaba oírme. Eso dijo.

Y así, llamada tras llamada, olvidando excusas, plantones, extrañezas y demás zarandajas, entré de nuevo en el juego de ilusionarme planeando una tercera cita. Esta vez, en Granada.

Ilusa y ciega en Granada, cual avestruz que esconde su cabeza, no quise ver, ni siquiera imaginar, que cuando alguien te la ha jugado una primera vez, es casi seguro, que no será la última.  Ojos que no ven… decepción a la vista.


El abrazo. Barro.
3er escalón. El desencuentro
o cómo la falta de confianza me hizo caer en la trampa
 

El día de la cita había llegado. El estaba ilusionado esperando el momento de ese abrazo del que tanto nos habíamos reído. Yo también.

Y llegaron después la cena, las copas, los besos… Bien. Muy bien. Las horas pasaban rápidas en una noche que no queríamos que se acabara y entonces, la manifestación de un deseo tajante y claro por su parte, provocó en mí un “pudor adolescente” que me hizo evitar su mirada y tomar distancia.

La protesta de Miguel llegó pronto y las luces de neon no me impidieron apreciar el gesto de decepeción en su rostro. ¡Se había sentido rechazado! Traté de hacerle ver el malentendido, pero su actitud de "macho herido" le cegaba. No había nada que hacer. Se marchaba. Acudí en su busca.  ¡Siempre tropezando con la misma piedra!


EPÍLOGO.  El vacío del cazador 
O cómo la presa, una vez conseguida, pierde su valor.

Girasoles sobre negro.
Cuando Teresa abrió los ojos aquella mañana sintió frío. El blanco de las sábanas acrecentaba la sensación de frescura. La luz le hizo cerrar de nuevo los ojos. Estaba sola en aquella enorme cama. Recordó un poema de Gil de Biedma y deseó tener alguien al lado "que alegrara su cama al despertar, cercano como un pájaro". Se entristeció.

El ruido del agua cayendo con fuerza en la ducha la trajo a la realidad. Se rodeó de la suavidad del blanco algodón, acurrucándose como una niña pequeña entre las sábanas, y se dio media vuelta. Había dormido poco.  

Sin apenas moverse del lugar, esperó a que Miguel volviera de la ducha.  Buenos días, ¿has dormido bien? No recordaba con claridad lo sucedido antes de entregarse al sueño.  Se recreó en la suavidad de las sábanas, que las hacía cálidas, y trató de retornar sus pensamientos a la noche anterior.

Recordó el malentendido y el orgullo del hombre herido, recordó su deseo de calmarlo, de hacer que se sintiera querido, a gusto. Se recordó allí, ausente, lejana y también se vio implicada y cercana. Y sobretodo se vio, una vez más, contradictoria en la expresión de sus emociones.

A el lo notó lejano, distante y frío, pero educado. Acordaron continuar con los planes que tenían trazados. Irían al mar. Pasarían el día fuera, disfrutando del sol, la brisa y el pescadito frito junto a la playa.

El viaje a la costa fue muy agradable. A la comodidad del coche se añadía la maravillosa música con la que Miguel iba sorprendiendo a Teresa. Sonaba muy bien. Así que, a pesar de percibir cierta pasividad en el, a pesar de esa falta de entusiasmo que Miguel atribuía al cansancio…Teresa estaba feliz. 

El día fue transcurriendo sin grandes diferencias. Ella, sonriente; El, cansado. Solo cansancio. 

Teresa podía entender su cansancio. También ella lo estaba. Podía entender que después de conocerse un poco más, descubrieran que no se gustaban, que no se sentían atraídos el uno por el otro. Podía entender que el no se sintiera atraído por ella y que por ello, ese día no estuviera tan cercano como lo había estado la noche anterior. Pero su discurso no era ese. Estaba a gusto, decía. Solo cansado. 

Pasaron las horas y llegó la noche, y con ella, el momento de la despedida. El silencio se había hecho cada vez más denso, las palabras no fluían, de nuevo malentendidos,  reproches, distancias y falta de afectos, un sentirse rechazado... un adiós seco.

Al día siguiente no llamó para despedirse. Desapareció como hoja que se lleva el viento. Y una vez lejos, continuó el silencio.  Teresa no podía entenderlo. No podía entender qué había sucedido.

Durante varios días sintió desconcierto y una vaga inquietud que le hacía tratar de averiguar qué había pasado. Lo hacía porque no podía creer que aquel caballero, a quien consideraba una persona educada y amable, aquel, a quien consideró un posible amigo, ese hombre (que no quería que le llamaran “tío”) se había comportado como tal, y olvidando toda regla de cortesía, ni siquiera se había despedido. Inusitado comportamiento más digno de un canalla que de un caballero.  

Reflexionó sobre ello, y pensó que de nuevo se había dejado llevar por esa ingenuidad que le hacía confiar, una y otra vez, en las personas y sus palabras… esa serena y estúpida fe -como ella la llamaba- en que los otros no juegan con los sentimientos y que son gente “sana”… eso, le hizo seguir ciega ante la evidencia, ante cualquier tipo de evidencias.

A Teresa le hubiera gustado escuchar las razones de Miguel, sus motivos para haber hecho una salida tan poco elegante. Ella no tenía expectativas concretas hacia él. Estaba sin pareja, en un momento en que necesitaba recuperarse de las heridas del desamor; Quería crecer, reflexionar y aprender a quererse para aprender a querer.

Las relaciones a través de Internet le venían bien. Era un medio favorable para ella. Se sentía cómoda con las palabras, con el teclado. Escribir le fascinaba, y también el juego de seducción que allí se propiciaba. Quería conocer gente, pensar, aprender... y si entretanto aparecía el amor, ¡fantástico! pero no era su primer objetivo. Ni el más fácil. 

Respecto a Miguel, no tenía ningún planteamiento futuro, ni presente. Solo que la relación fluyera. Era educado, agradable, respetuoso. Tenía sentido del humor y era Listo.  Por supuesto, también tenía algunos "defectillos". ¡Quien no los tiene! pero no pensaba casarse con el. 

Tener un amigo con el que poder compartir algunas cosas especiales, viajar, salir a cenar, charlar... podía estar bien. No entendía entonces por qué había salido huyendo. ¿acaso ha tenido miedo? 

Hoy, unos meses después, Teresa comenzaba a comprender.

El cazador había terminado su trabajo -pensó-  Se acabó la ilusión de perseguir a la pieza, de prepararla, ponerla a tiro, cazarla. ¡Se acabó!. Solo le quedaba ahora ese vacío en el alma que reflejaba en sus ojos una luz apagada y plana. ¡Caro precio paga el cazador por sus trofeos!

“No colecciono trofeos” -hubiera dicho Miguel-

Diría verdad; Es un cazador que no colecciona sus presas. Tiene misericordia de los buitres y las hienas[2].

[1] Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
Yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.

Fragmento de “Pandémica y  Celeste” J. Gil de Biedma.

[2] Parodiando al profesor y poeta Pepe Ramosi en campos de Teruel veis mi cuerpo al sol, ajado y solitario, no lo cubráis de tierra… tened misericordia de los buitres y las hienas”

*   

4 comentarios:

  1. Buenísimo, me ha gustado mucho este relato, mas tarde seguiré con el resto, pero me quedo enganchado de tu forma de escribir.

    Besos

    Gaspar

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  2. Teresa, eres una cuentista fantástica. Mucho besos, amiga

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  3. Me gusta mucho como lo cuentas, me siento como hablando contigo, en tu sofá, una de esas pocas veces en que podemos disfrutar solas y con tiempo por delante de lo que me cuentas y lo que te cuento, de escucharnos y rebuscar la mejor forma de aportarnos respuestas y claves para seguir aprendiendo... disfrutando

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  4. con tu manera de escribir haces que me enganche como cuando te comes una patata frita de paquete y tienes por atractiva obligación que seguir comiendo hasta que se acaben.

    Me encanta leerte. Besos!

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