3.3.11

Deudas

Cuando me comunicaron que quedaban apenas unos meses para poder despedirme de ella, advirtiéndome de su ignorancia sobre el cercano final, decidí encontrar una excusa para viajar.

Debía ser lo suficientemente convincente para que el hecho de haber recorrido 1000 km para verla, no la llevara a sospechar el verdadero motivo de mi presencia: darle un abrazo de despedida.

En ningún momento sospeché de la importancia de aquel viaje; el sentido inconsciente de aquella visita.

La hermana menor de mi madre, de la que siempre había hablado ella con admiración y una pequeña dosis de envidia soterrada, llevaba una bata de hilo estampada con pequeñas flores de colores suaves. Había calma en aquel rostro demacrado y pálido. Su sonrisa, cálida y abierta, me acarició.

Horas antes, al partir hacia el aeropuerto, me había asegurado de coger varios ejemplares de un pequeño libro que contenía alguno de mis relatos. Sería un bonito regalo para mi madre y quizás para mis hermanos. El avión me había dejado en la ciudad en que se encontraba mi tía -al abrigo de los cuidados de su hija- así que todavía no me había desprendido de ningún ejemplar.

En el tiempo que pasamos juntas, a la espera del tren que me llevara  a mi destino, paseamos, charlamos, reímos y lloramos. También estuvimos en silencio. Y en alguno de aquellos silencios calmos, pensé en lo extraño que resultaba que mi tía, que siempre aprovechaba la ocasión para recordarme una antigua deuda pendiente, no lo hubiera hecho todavía.

Como si nuestros pensamientos se cruzaran por un momento, fundiéndose en uno, me miró y me dijo: "Todavía no me has pagado el cristal". Me emocioné.


Por un instante, breve, como son los instantes, pero intenso, como un segundo cuando parece eterno, mi mente quedó en blanco. Sin reaccionar. Inmediatamente después, surgiendo de la nada, encontré una respuesta clara.

Me levanté, acerqué una de mis maletas y volviendo a sentarme a su lado le dije: Tienes razón, todavía no te he pagado el cristal. Te lo voy a pagar ahora.  

Sorprendidas las dos por mi respuesta y sin saber yo lo que iba a decir a continuación, abrí la maleta y saqué de ella el pequeño libro en el que, por una azarosa coincidencia, un compilador de Almería había incluido alguno de mis relatos, y otra, hacía que ahora yo, lo llevara conmigo. Encontré lo que buscaba en la página 78 y leí:

"Si es chata no puede ser guapa, había dicho la abuela,, ciega ya, quizás de tanto mirar, al oír la descripción de la recién nacida. Era una tarde fría de enero. La nieve entraba en la habitación de la vieja casa a través del cristal roto por la cigüeña al entrar.
 
Era mi pequeña deuda pendiente: “Todavía no me has pagado el cristal” me recordaba mi tía en las raras ocasiones en que la memoria pedía paso al olvido. Así empezó mi vida. Al nacer, ya debía.
Tras un corto silencio, acompañado por su emocionada sonrisa, le dije:  "he tardado en pagarte porque no sabía cómo hacerlo, pero de pronto he pensado que una deuda de palabras, quizás solo pueda pagarse con palabras" Y dándole un beso, le entregué el libro.

Ella, me dió un abrazo.

3 comentarios:

  1. "Una deuda de palabras, quizás solo pueda pagarse con palabras"; eso me parece genial, creo que por fin esa deuda fue saldada y de la mejor manera.

    Un beso enorme.

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