10.3.11

Diálogo de sordos

Había oscurecido antes de lo esperado. Todavía no tenía ganas de cenar, pero como decía su abuelo, “la noche obliga” y era el momento de acudir a la mesa. Se sentaron. Ana tomó una cuchara de servir y colocó una ración de verduras sobre el plato de Manuel. Luego, hizo lo mismo con su plato.


- Me he encontrado con María – le dijo mientras ponía algo más de pimienta sobre sus verduras- Me ha dicho que me encontraba desmejorada.

- La que te ha salido desmejorada es esta verdura. Me gusta más cuándo le pones tomate.

- Le he dicho que tenía un mal día, pero que todo iba bien.

- Mira que te lo tengo dicho: “ponle tomate”, y tú, ¡dale que te pego!, siempre la cocinas con ajo. A ver ahora cómo hago yo para no soñar con ajos.

- Claro que ella no se lo ha creído, ¡bonita es! Pero se ha hecho la sueca y me ha empezado a contar lo bien que está su hija, el piso que se ha comprado, los planes que tiene con su pareja... La verdad es que yo sólo quería desaparecer... Lo he pasado fatal, y eso que han sido solo unos segundos.

- ¿Qué dices que hay de segundo?

La gran sordera del universo acaso sea que nos gusta demasiado escucharnos a nosotros mismos. ¿O será que nada queremos saber de lo que nos cuenta el otro?

3 comentarios:

  1. Lamentablemente es uno de los males de este mundo actual, ¡cómo cuesta escuchar!, que diferente sería todo si prestáramos un poco mas de atención a quien está a nuestro lado.

    Besos con mis oídos abiertos.

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  2. Puesí.
    En tanto lo que nos cuenta si le escuchamos es un reflejo propio con más o con menos afeites.

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Pensaron volver... ¿volverán?

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