27.2.11

Miradas

¿Quién no ha percibido la sutil o aparente alegría que siente quien es mirado, observado, tenido en cuenta?

El entusiasmo del niño que muestra sus progresos y descubrimientos; la vanidad del joven paseando su nueva imagen; el estremecimiento del actor  ante la expectación y el aplauso del público;  la satisfacción del profesor que se siente escuchado por sus alumnos; la agradecida mirada que el paciente ofrece al médico que escruta minuciosamente su vida entera en busca de algún significado para sus síntomas...

Acaso "el dolor verdadero de la vejez es la ausencia de examen, el horror de vivir sin ser observados". Así lo narra maravillosamente Irvin D. Yalom en un libro que os recomiendo y que a mí, me han regalado: "El día que Nietzsche Lloró"

26.2.11

¡Ay!

"Debes estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?"
Fiedrich Nietzsche,  Así habló Zaratustra

¡Ay! Se podrá decir de otras formas, pero a mí, ahora... ésta, me parece la mejor.

20.2.11

Esperanza


Ella se descubrió ante su reiterada sinceridad y no pudo por más que decirle: GRACIAS.  Era un hombre inusual. Quizás era eso lo que finalmente había hecho que sus naves se dirigieran hacia un destino inevitable y estuviera su corazón ya,  a merced de sus deseos. Aunque no lo entendiera.

Le emocionaba su mirada sobre el mundo y el modo de  expresarlo. Le gustaba la poesía que llevaban sus palabras y el efecto que producían en ella, la emoción que le transmitían. Cuando estaba con él volvía a sentirse pequeña, insignificante, vulnerable, y  deseaba intensamente que sus brazos, cuya fuerza no conocía, la acogieran en un interminable abrazo, y respirar su aliento.  Aunque seguía sin entenderlo. 

Sin embargo, al mirarlo, no podía evitar sentir una especie de adiós anticipado que le decía entre líneas: “chica, no nos compliquemos.  Vamos a dejarlo”   Y al mirarlo,  sin embargo, leía también su deseo, ese deseo de olvidarse del mundo y perderse en ella. Eso la confundía y nublaba su entendimiento.

En esos momentos, deseaba perder toda esperanza, (y entregarse a la posibilidad de que surgiera algo inesperado), pero ese elevado estado mental no era capaz de anidar en su ilusionado pensamiento. Y volvía a recrearse, ensimismada, en el placer de tenerlo al lado.

Le gustaba escuchar de sus labios historias vividas o soñadas y contarle ella las suyas. Le gustaba oír su voz, que conservaba la armonía de sus palabras escritas y  observar sus movimientos al hablar.

Y le gustaba incluso el pudor que sentía ante su mirada, porque la verdad, la puñetera verdad, era que saber de él, de sus realidades y sus fantasías, tenerlo tan cerca, mirar sus ojos y dejarse deslumbrar por el brillo que los animaba, le hacía desear intensamente un desayuno con él -su antes y su después- sumergirse en una "inquieta marea de caricias, gemidos y fluidos" y comprobar juntos que su cuerpo podía ser una cálida morada.





13.2.11

Pandemica y Celeste



Para no perder la costumbre de vivir las fechas del calendario valga este pequeño homenaje al amor (a los enamorados  y a todos aquellos que alguna vez han amado) en boca de uno de los poetas que tantas veces lo han cantado.  Este poema, me parece especialmente hermoso. 



Pandemica y Celeste
de Jaime Gil de Biedma

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable,-mon frère!
            
Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
a ser posiblemente jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !
            
Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
            
Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.

Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.
            
Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
            
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
    

Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.
            
Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.
              

8.2.11

Lunes

Lunes.
Abriendo una grieta en las horas
estoy, en este bar,
anónimo de gentes,
contemplando el pasar hambriento
de este tiempo, de éste nuestro tiempo,
albergue cerrado al desheredado.


Marchitas las luces,
de este lunes,
dan sombra apagada al espanto
de vivir ajenos,
al horror
de transitar solitarios
por el asfalto.

Corazones de neón,
cuerpos de metacrilato,
llevan el amargo nectar
de la monotonía en sus  venas.

Lunes, de veinte años después, o quizás de treinta.

Abriendo una grieta en las horas
estoy, en este bar,
anónimo de gentes
contemplando una sonrisa amplia
en este tiempo, éste nuestro tiempo incierto.

Naranjas las luces de este lunes,
dan vida al placer
del vivir propio, 
al gusto de compartir con otros
el solitario camino
del asfalto.
Y el del campo.

Corazones de melón,
cuerpos de cincuentaitantos,
llevan el néctar de la sabiduría 
en sus  venas.

Pensaron volver... ¿volverán?

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